
Los seres humanos estamos capacitados para llevar a cabo dos tipos de actividades: manipulativas y comunicativas. Nos referimos a ello como el hacer y hacer hacer (o"hacer que se haga").
(En realidad no es algo exclusivo de los seres humanos, a cualquier organismo capaz de enviar y recibir información podemos atribuirle estas dos capacidades.)
Hacer
Actividad directa, manipulativa, es decir, lo que podemos conseguir por nosotras/os mismas/os. Por ejemplo: Coger un bolígrafo, escribir una postal, ir a la oficina de Correos paseando por la rambla…
Hacer hacer
Actividad comunicativa, lo que podemos conseguir a través de la ayuda de otras personas. Por ejemplo: Enviar la postal. Necesitamos que el servicio de mensajería lo haga por nosotros/as y para ello establecemos un compromiso con la entidad a través del pago del sello.
Podríamos poner muchísimos ejemplos más rudimentarios: Un bebé que llora para que le den de comer, un perro que se arrima para que le acariciemos. Como vemos, pueden ser acciones comunicativas sin necesidad del habla. Se puede promover cierta acción del otro sin pedírselo verbalmente.
Dar por hecho
Para llevar a cabo las segundas hay que prever si la otra persona estará dispuesta a hacer lo que se le pide, ya sea por:
- sus intereses personales,
- sus competencias.
- sus preferencias,
- sus conocimientos,
- sus posibilidades fisiológicas, etc.
Por eso es tan importante el estudio y manejo de la pragmática de la comunicación, ya que gran cantidad de las actividades que realizamos para alcanzar nuestros objetivos están sujetas en cierta medida a nuestra capacidad de comunicar, o dicho de otro modo, a nuestra capacidad de hacer que otros hagan por nosotros.
Más aún, la mayor parte de los problemas que surgen en las relaciones personales tienen lugar por dar determinadas cosas por hecho, como las preferencias del otro, sus conocimientos, etc.
Rituales comunicativos
Como veíamos en apartados anteriores, gran parte de la comunicación es del tipo no verbal, por ello, debemos tener en cuenta muchas más cosas de las que solicitamos verbalmente que hagan por nosotros.
Un ejemplo:
Cuando ponemos los productos sobre la cinta de la caja del supermercado, iniciamos el ritual para que el personal de caja los pase por el escáner y nos cobre. Aunque pueda pasar desapercibido hay una serie de atribuciones que hacemos sobre su posición (trabaja en el establecimiento), sus conocimientos (maneja la caja), sus posibilidades fisiológicas (su salud le permite manipular los productos) sus intenciones (no pretende engañarnos), etc.

Pero démosle la vuelta a este mismo ejemplo, para entender mejor a qué nos referimos. Imaginemos que durante nuestro deambular por el supermercado, antes de llegar a la caja, una persona desconocida tomara los productos del carrito y se los llevara a la caja. En tales circunstancias tendríamos que hacer un gran esfuerzo por comprender cuáles son sus intenciones, su motivación, el cargo que ocupa, etc.
Sencillamente por ser algo que se escapa de la acción ritualizada en la que de alguna manera “damos permiso” para coger unos productos que, por cierto, todavía no son nuestros, y efectuar la última parte del ritual de la compra. Todo esto ocurre gracias a la comunicación de la que apenas somos conscientes.