Una de las principales características de una intervención sistémica es la orientación naturalista. Veamos qué significa esto:
Las personas tienen dentro de sí las capacidades necesarias para superar dificultades y resolver sus problemas. Por tanto, la intervención se debe dirigir a hacer que esas capacidades emerjan de la forma más natural posible.
Esto supone una oposición al estilo de intervenciones que tratan de enseñar habilidades a la gente, del tipo:
"Cómo educar bien a sus hijos"
"Cómo comunicarse asertivamente", etc.
Este tipo de trabajos implican un enorme normativismo que limitan la capacidad creativa de las personas para encontrar y aprovechar sus propios recursos personales.
Según esta orientación naturalista, el profesional debería crear un contexto que permita a los consultantes acceder a esas capacidades y recursos que no han estado usando.
Una forma de conseguirlo es:
Trasladar lo que hacen en terrenos donde se sienten competentes a aquellas parcelas en las que están teniendo problemas.
No es necesario añadir nada desde fuera, pues todas las respuestas se encuentran dentro. Sólo hay que saber dónde buscar.
Milton Erickson.
Un ejemplo: Un padre pide ayuda porque no consigue corregir la actitud desafiante de sus hijos adolescentes.

Después de indagar un poco, descubrimos que en su trabajo tiene personal a su cargo. En ese ámbito se siente muy seguro dando órdenes y consigue que sus empleados le respeten.
La intervención se puede dirigir a extrapolar esa capacidad de liderazgo que le funciona muy bien en el ámbito laboral, hasta el entorno doméstico. De ese modo sabrá cómo mostrarse seguro y directivo con sus hijos.
El tipo de intervención
Hay que tener en cuenta que nos referimos a intervenciones terapéuticas o correctivas, cuyo fin es resolver alguna disfunción, es decir, manejar aspectos que no están funcionando bien. Esto excluiría a las intervenciones de carácter formativo, cuyo objetivo es el de capacitar. En estas últimas los usuarios sí persiguen un aprendizaje.